(Publicado el 27 de junio de 2008)
Por Raúl Benoit
Un par de amigos enamorados, Juan Carlos, mi cardiólogo y su novia Claudia, también cardióloga, me han hecho recapacitar sobre el sentido de libertad. Pocas veces he visto una pareja amarse de la manera que ellos lo hacen. Son un par de tórtolos, que aprovechan el tiempo, a veces en forma improvisada, para hacer deportes acuáticos, conocer lugares exóticos, comer deliciosamente, bailar y reír.
Libertad es una palabra que siempre me ha cautivado con sólo pronunciarla. Acordarme de mis amigos me hizo querer escribir sobre este vocablo, pero con relación al amor.
Ciertas personas usan el término libertad sólo para exigir derechos, pero pocas veces para dar, entregarse y expresar vida y amor.
Por ejemplo, es esgrimido por los enamorados egoístas cuando exigen: “yo quiero tener libertad”. Esos seres utilitarios jamás podrán decir: “tú tienes libertad”. Sin darse cuenta construyen una prisión para ellos, para su confundido amor y para la relación con otra persona.
Sentirse atrapado por dar amor o amistad es degradante. Tampoco uno debe creerse cautivo por el amor recibido. Amar no es una prisión. Amar es libertad.
No tener libertad es morir un poco. Cuando se logra, el amor es más limpio y decente. Cuando un ser le quita la libertad a otro, coarta el pensamiento, la independencia como persona y arrebata la felicidad. Cuando se tiene libertad se ve la vida sin miedo y se puede amar sinceramente.
Todos los seres humanos buscamos amar con seguridad y placidez, pero debemos atesorar ese amor o amistad, concientes de que es para ser libres, rompiendo las cadenas que apresan el corazón y que engañosamente dejan vislumbrar un pequeño halo de felicidad. Liberarse permite avizorar el paraíso lleno de luz que está frente a los ojos.
¿Cómo se siente usted amigo lector? ¿Tiene libertad? ¿O usted mismo se ha atrapado en un limbo de falsas ilusiones? ¿Ha construido una prisión de amor sin darse cuenta? Si es así, le aconsejo redimirse y empezar a vivir a plenitud cada día.
Mi padre me regaló de cumpleaños, hace mucho tiempo, un proverbio sánscrito copiado a máquina por él, el cual siempre tengo frente a mi cuando escribo. Un fragmento dice:“Cuidad este día porque es vida, la verdadera vida de la vida...”
Todos deberíamos aplicarlo. No hay que dejar escapar de las manos la felicidad y la libertad. Nadie puede impedir que uno viva lo que ambiciona vivir. No hay que dejar que ciertos sueños truncados impongan un sinsabor a la vida. Con frecuencia desperdiciamos mucha energía y momentos bonitos, por alcanzar esos sueños y en preparar nuestras metas, olvidando que hay algo más importante que necesita el espíritu y es vivir intensamente el presente.
No es tan difícil. Por ejemplo, se puede estar contento haciendo cosas triviales: detener el tiempo en un parque o en una playa, mirando al horizonte; jugar a ver figuras en las nubes; respirar el aire y agradecer al Señor por permitírnoslo; sacarle jugo a una fruta y beberse el líquido como si fuera el néctar de los dioses; leerse un buen libro o tomarse una copa de vino; pintar un cuadro; escribir un ensayo; bailar; escuchar una canción que inspire lo que sea: ternura o nostalgia; comer ricamente y hasta opíparamente; dar y recibir amor y cariño.
El mañana traerá otras cosas nuevas, pero por ahora sólo es palpable ese relámpago que es cada segundo y cada minuto de la vida presente, ese día a día, que no hay que dejarlo evaporar o escapar, porque es lo más apreciable.
Estas elucubraciones me han hecho reflexionar sobre qué debo hacer. Buscaré mi equilibrio. Voy a aprovechar el tiempo desde el mismo instante en que abro los ojos en el amanecer hasta cuando ponga de nuevo mi cabeza sobre la almohada. Seguiré el ejemplo de mi cardiólogo Juan Carlos y de su novia Claudia.
Agradeceré cada día a Dios haberme dejado vivir un presente cristalino, aunque hayan acontecido, entremezclados, fracasos y triunfos, felicidades y tristezas.
Y disculpen si me entrometí en asuntos personales de ustedes.