Sábado 8 agosto de 2009
LA PACIENCIA DEL PACIENTE SE AGOTA
Por Raúl Benoit Recuerdo hace muchos años cuando ir al médico en mi país era agradable a pesar de llegar con malestar y tener el miedo de recibir malas noticias. Los médicos se portaban amables y explicaban maneras claras de curar una enfermedad. Las visitas se prolongaban por más de treinta minutos y sólo había una sala de espera y un consultorio. Mi primer médico fue Nelson Henao y en ocasiones me visitó en casa para atenderme en forma personalizada. Casi siempre acertó en sus diagnósticos y me curó de males, causados en su mayoría por el estrés periodístico. Cuando llegué a Estados Unidos sufrí un impacto social y cultural. Tardé en aceptar que los viejos tiempos de médicos humanizados habían quedado en el pasado. El nuevo doctor pretendió mostrarme respeto pero la fuerza del sistema estadounidense lo empujó a convertirse en uno más de los que veían al enfermo como un negocio. En su consultorio tenía cinco despachos y atendía simultáneamente a igual número de pacientes. Me dedicó menos de tres minutos. A pesar de esto tuvo la certeza de enviarme a laboratorios y a especialistas que, agobiados por cientos de otros clientes, me dieron citas para meses después. Yo hubiera querido ser un buen paciente y cumplirlas para saber qué me causaba los males que él encontró en mi cuerpo, pero mi trabajo me lo impidió. Así que me quedé con los achaques. ¿Quién está detrás de la deshumanización de la medicina? En primer lugar las compañías de seguros que convirtieron a los médicos en mercaderes de la salud. Los doctores, excepto cirujanos plásticos y dermatólogos que se ocupan de la vanidad humana poniendo siliconas o botox (lujos que no cubren los seguros), están sometidos a un régimen mercantil que no les permite atender con paciencia al paciente. Echan parte de la culpa a los seguros sociales estadounidenses conocidos como Medicare y Medicaid, porque exigen a los doctores ver un número alto de “clientes” al día, lo cual sólo permite dedicarles pocos minutos de consulta a cada uno. Por otro lado, la codicia de ciertos médicos, los ha convertido en explotadores del sistema, entonces, los seguros federales pierden millones de dólares en facturas exorbitantes y falsas (al igual que las aseguradoras privadas), que al final suben los costos a los usuarios o suspenden tratamientos o medicinas indispensables. El pretexto de los médicos es que tienen que sufragar gastos de oficina, salarios y seguros de “mala práctica” para protegerse de las demandas. Hay médicos que pagan entre 50 a 100 mil dólares al año por estos seguros. Pero también es verdad que otros se aprovechan del sistema. En segundo lugar de culpabilidad lo tienen las compañías farmacéuticas que costean invitaciones, regalos y bonificaciones a los doctores. ¿Cómo recuperan esto? Inflando los precios y exigiendo a los médicos recetar ciertos medicamentos. Si no lo hacen los chantajean con sacarlos del listado de las aseguradoras, que ellos controlan indirectamente. El sistema está viciado y los únicos perdedores son lo usuarios. Todo el dinero malgastado en la salud, debería encauzarse a los 50 millones de estadounidenses que carecen de asistencia médica y también a los que pagan altos costos por el servicio. La paciencia del paciente se agota y me pregunto ¿dónde quedó el juramento de Hipócrates creador de la decencia médica, el cual colgaban con orgullo los doctores en sus consultorios como una muestra de garantía para la sufrida clientela?
JURAMENTO HIPOCRÁTICO Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo. Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas. Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasare mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza. No cortaré a nadie ni siquiera a los calculosos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos. Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deban ser públicos, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas.
Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.
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