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MI PRIMERA BICICLETA
(Publicado el sábado 20 de diciembre de 2008)
Por Raúl Benoit
Recuerdo con nostalgia las navidades cuando esperaba con ansiedad un juguete. Algunas veces en mi casa pasábamos dificultades económicas y los hijos no obteníamos lo que pedíamos, pero mis padres y mis abuelos inventaban lo que fuera para darnos felicidad.
De pequeño tuve la ilusión de recibir una bicicleta.
Cuando acompañaba a mi mamá a hacer compras, idealizaba tener una de las que, resplandecientes, exhibían en la vitrina de un almacén especializado de la ciudad. Fantaseaba con recorrer las lomas del vecindario, realizando piruetas y presumiendo a los amigos.
En aquel tiempo, al acercarse la navidad, mi vida giró en torno a esa fantasía. No dudo que mi papá hizo todo lo posible para complacerme, pero esa nochebuena fue muy pobre en la familia.
Cuando llegó la celebración, sí me obsequió una bicicleta. Pero ésta no era la soñada, sino un pequeño juguete de plástico que integraba la figurita del ciclista con el aparato, el cual cabía en la palma de mi mano.
Muy serio, mi papá me dijo que era la primera, pero que yo mismo podría conseguir, con mi esfuerzo, la bicicleta real. Me abrazó y sonrió con la confianza de haber cumplido su cometido. Fue un apretón amoroso, desacostumbrado en él. Aunque en ese momento me embargó el desencanto, al pasar los años supe que el mejor regalo que mi papá me dio en todas las navidades fue esa lección.
Esforzándome, vendí mangos que recogíamos con mi hermana Analuz en los árboles del barrio; escribí y actué obras teatrales escolares y alquilé a los vecinos, por 20 centavos, una hoja que yo mismo redactaba con noticias locales, logrando reunir el dinero para comprar una bicicleta usada que un joven vendía. La disfruté rememorando la simbólica bici que recibí en aquella navidad nostálgica.
Seguramente este fin de año para muchos será difícil por causa de la crisis económica mundial, o porque están desempleados, o los sueldos aumentaron poco o nada. Es probable que no les alcance el dinero para darse gustos. Ante esta realidad, deberían ignorar el bombardeo propagandístico de los comerciantes que seducen a los niños para que convenzan a los padres de obsequiarles productos innecesarios e inútiles.
Cada fin de año, los papás y las mamás se enfrentan a un dilema de cómo mantener contentos a sus hijos y explicarles que, a pesar de la difícil época, el Niño Dios y Papá Noel siguen siendo generosos. Entonces, deciden trabajar más duro y el doble, para estirar el dinero o se endeudan para cumplir los sueños de ellos.
Desde mi infancia he vivido muchas fiestas abundantes, pero también se han repetido las infortunadas. Por experiencia sé que en las que faltan los regalos suntuosos y costosos, hay más felicidad, porque la sencillez y compañía proporcionan tiempo para abrazarse, conversar y recapacitar.
Reflexionemos que antes de dar cosas materiales, debemos entregar afecto.
Este año, como el anterior, prometí no dar regalos a mis hijos, sino cariño y amor; ellos aceptaron mi propuesta con gratitud y desinteresados. Sé que pasaremos un día feliz, celebrando el nacimiento de Jesús en Belén, porque en el futuro llegarán mejores nochebuenas.
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