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La devoción que tenían nuestras abuelas por los
asuntos religiosos rayaba en el beatismo. Recuerdo que la mía asistía todos los
días a misa y de postre rezaba el rosario antes de acostarse.
Las nuevas generaciones, especialmente en Estados
Unidos donde la Semana Santa es casi ignorada, solo piensan en divertirse y ven
esa época como de relajo y fiesta. En mi juventud le decían “parranda santa”,
pero no era tan perturbadora como hoy, porque, a pesar de la diversión, la
visita a la iglesia era infaltable.
Es comprensible que la desilusión de los
católicos haya aumentado por tanta suciedad de muchos de sus miembros.
No soy un apasionado religioso, ni creyente
fervoroso, ni rezandero, ni visitante frecuente de la iglesia. Tengo mis,
propias luchas internas y cada día trato de superarlas, pero no soy ateo.
En mi familia hubo un Monseñor, a quien mi padre
lo llamaba con descrédito “el cura”. A pesar de eso yo lo miraba como un ser
sublime, pero un día sufrí el desengaño cuando vi su verdadera cara que no era
propiamente la de un hombre de los cielos.
En aquel entonces supe que los sacerdotes son
seres humanos como cualquiera de nosotros, con pasiones y sentimientos. Que no
son los mártires sacrificados de Dios. Apenas son sus mensajeros.
Muchos de ellos tienen ambiciones y rencores,
manipulan o son bondadosos cuando les conviene. Derrochan el dinero ajeno y
viven con lujos y excesos, olvidando su voto de pobreza, mientras los fieles de
su parroquia aguantan hambre.
Otros, haciendo caso omiso a su voto de castidad
(anacrónico por demás), son“coquetos” y comparten con muchachas de la parroquia
como si fueran sus amantes, bajo la aprobación cómplice y silenciosa de la
feligresía que rumora las “canitas al aire” del párroco con morbosa malicia.
Pero lo que me causa realmente un conflicto de
credibilidad religiosa es que ciertos curas optan por el sacerdocio para
ocultar su homosexualidad.
Algo anda mal en la Iglesia cuando cientos de
curas abusan de la confianza depositada en ellos, violando a menores de edad y
después de tener actos sexuales se paran frente al púlpito a sermonearnos sobre
moralidad y respeto al prójimo.
No se vale que arrebaten la dignidad a esos
pequeños y que sus jefes, jerarcas respetadísimos de la sociedad, los encubran.
La culpa de la crisis que vive la Iglesia no es
de Dios, es de la debilidad humana que los lleva a pecar para saciar la
complicidad y la ambición de poder. La cobardía terrenal de la jerarquía que
oculta a los pecadores de su propia Iglesia surge, no por guardar la fe a Dios,
sino para no perder sus privilegios y porque algunos de esos protectores
también guardan pasiones bajo la sotana.
No por eso Dios deja de existir y la fe debe
desaparecer.
Si nos molesta asistir a una iglesia por aquellos
que la deshonraron, pensemos que Él no merece nuestro desprecio. Son los curas
pecadores que tienen que enfrentarse a su propio infierno terrenal y celestial.
Espero que en medio de la “parranda santa”
hayan dedicado tiempo a rezar una oración, porque orar no hace daño a
nadie. Actuemos con Amor y respeto a la dignidad humana. Vivamos felices sin
dañar al prójimo.
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