RESPETO A LOS DEMÁS, PARA EXIGIR RESPETO A NOSOTROS MISMOS
Mi nombre es Raúl Benoit, soy colombiano de nacimiento, ejerzo el oficio de periodismo desde los trece años, es decir por casi 30 años.
Desde hace 16 años trabajo como reportero de noticias en la Cadena Univision de Estados Unidos, 14 de los cuales fui corresponsal y jefe de Bureau de noticias en Colombia. Hoy soy reportero investigador del programa “Aquí y Ahora” y vivo en este país.
Mientras fui corresponsal de noticias en Colombia, de Univisión, en una década sufrí cuatro ataques a bala por parte de pistoleros, mas un número no determinado de amenazas telefónicas y escritas.
También mi familia fue perseguida y vilipendiada y en varias ocasiones tuve que alejarme de todos para no someterlos al escarnio público y al estilo de vida que me tocó llevar obligatoriamente, por ser periodista. Alguna vez intentaron quemar mi casa con mi esposa y conmigo adentro. A raíz de estas intimidaciones el gobierno me asignó seguridad del estado episódicamente. Por su parte Univision contrató guardaespaldas privados.
Pero no por esos atentados, esas amenazas y las humillaciones de las cuales fui blanco en mi país, vivo hoy en el destierro o fuera de Colombia (nunca bajo asilo político, porque así lo elegí), porque muchas veces resistí los ataques y me quedé en Colombia casi en forma clandestina, para poder informarle a mi audiencia. Vivo expatriado voluntariamente a causa del último ataque, cuando comprendí que nunca había tenido una garantía para ejercer el oficio y tampoco el respaldo de mi gobierno, ni de las autoridades y mucho menos de algunos sectores de la prensa colombiana, que me veían como antipatriota, por transmitir la verdad de una nación sumida en la violencia, la corrupción y la indiferencia.
En el último ataque que menciono, ocurrido el 15 de febrero de 2001, un hombre me disparó, sin llegar a herirme, en una calle de Cali. El individuo que me agredió resultó ser un miembro de la policía, quien iba vestido de civil aunque estaba en servicio, ocultando el uniforme en una bolsa y conduciendo una moto robada (la misma que fue utilizada en otro crimen después).
A pesar de que hubo testigos oculares y las primeras pruebas de balística orientaron a los investigadores a confirmar un atentado, todo cambió inesperadamente, en un juego en el que se combinaron elementos corruptos y envidias personales. Una conjugación de ambición y falta de solidaridad.
48 horas después del ataque, en una rápida e inusual eficiencia de la justicia colombiana, prejuzgaron y condenaron, fallando que no fue un atentado. A raíz de este apresurado juicio público, durante meses, ciertos colegas, llevados algunos por pasiones personales, supongo yo, me inculparon de haber exagerado e inclusive insinuaron que mis guardaespaldas provocaron el ataque, siendo que ellos dispararon después que el sicario comenzó su agresión.
Enseguida, los enemigos de la prensa libre, armaron una conspiración, liberando de culpas al sicario e incriminando a mis escoltas, a los testigos oculares y a mí mismo, al fabricar varias historias, en donde, primero dijeron que era un accidente de tránsito, más tarde insinuaron que fue un atraco, después que fue apresuramiento de mi grupo de seguridad y posteriormente que ni lo uno ni lo otro, sin resolver qué pasó. Sin embargo, se inventaron que la INTERPOL me perseguía internacionalmente para capturarme, porque decidí decir la verdad que algunos medios de prensa no querían ver, que el atacante sí me había pretendido asesinar.
A pesar de esta persecución perversa y linchamiento moral (a falta de la muerte física), el 18 de marzo de 2003, la fiscalía de Colombia determinó finalizar la investigación a favor de mis escoltas, acusados inicialmente de tentativa de homicidio contra el atacante. También concluyó la pesquisa contra algunos de los testigos, que también habían sido acusados de falso testimonio. Además, durante meses a los escoltas los asustaron y a mi familia la intimidaron con la amenaza de la cárcel, presionando así para que se retractaran, lo cual nunca hicieron, por el contrario, ratificaron su testimonio. (En este proceso, sólo culparon de “falso testimonio” a mis parientes, quienes hacían parte del grupo de testigos, porque el atentado ocurrió frente a la casa de mis suegros. A los otros declarantes que también fueron testigos oculares y aseguraron que el hombre sí me disparó primero, ni siquiera los hicieron regresar para corroborar su declaración legal. La ignoraron).
La INTERPOL tampoco me capturó como “imaginaron” ciertos sectores de la prensa, porque nunca hubo una orden expedida por la fiscalía colombiana. Fue sólo un cuento para amedrentarme, silenciarme y sacarme de Colombia.
En la decisión judicial, investigación que se prolongó dos años, pese a que muchos en Colombia la daban por terminada, la fiscalía afirmó que “después de las labores investigativas pertinentes, testimonios y recolección de pruebas, el fiscal instructor consideró que la información obtenida de los escoltas, de los testigos y demás pruebas coinciden con la apreciación de agresión inminente y no se presentan inconsistencias que lleven a pensar que los procesados (mis escoltas, los testigos y yo) mintieron durante el proceso. El atacante viajaba en contra vía, aceleró inesperadamente su motocicleta y frenó intempestivamente”, concluyó la fiscalía. Aunque se dio a conocer la noticia, pocos medios de comunicación la reprodujeron, contrariando la ley de prensa de rectificar con el mismo despliegue.
(Comparativamente, después del atentado en febrero 15 de 2001, los medios radiales, escritos y televisivos le dedicaron excesivo tiempo y espacio a Raúl Benoit, para hablar mal de él, insinuar la culpabilidad de los escoltas y testigos y prejuzgar la inocencia del criminal. Esto se prolongó durante tres meses, en una contradicción sobre la apreciación que el público colombiano tenía del reportero: un “ilustre desconocido”, como los mismos colegas decían con la boca llena).
Pocos mencionaron que uno de mis escoltas, Mauricio Ruiz, fue herido por el sicario. Tampoco dijeron que siete meses antes, fue asesinado, a dos cuadras de mi casa, minutos después de terminar su trabajo, Carlos Ballesteros, detective del DAS, agente civil del Estado, asignado para la seguridad de Raúl Benoit en Bogotá. Quien lo mató era un policía uniformado que alegó haberlo confundido con un ladrón y que hoy disfruta de su libertad.
Pero para mí esto no era nuevo. Por años fui acusado de exportar mala imagen de Colombia al exterior. Por el simple hecho de informar verazmente, me decían antipatriota. Aseguraban que “los trapitos sucios se lavan en casa”.
Algunos de mis propios colegas promovieron la idea de que Raúl Benoit “exportaba mala imagen de Colombia” y esta creencia se fue popularizando (se volvió como una bola de nieve), aunque las noticias que transmitíamos en UNIVISION eran las mismas que emitían los otros medios de comunicación colombianos, nacionales y extranjeros.
Me acusaron de exagerar, cuando la propia noticia era extrema.
Alguna vez, un periodista señaló que mi error fue no matizar las noticias para hacerlas más digeribles.
Pero, ¿cómo puede un periodista matizar la noticia donde decenas de personas mueren en un ataque terrorista y otra cantidad queda lisiada?
¿Cómo podemos matizar, cuando un grupo de secuestradores abandona a su suerte a una mujer con un collar bomba, porque no quiso pagar una extorsión? ¿Y en un país donde hay más de tres mil secuestros al año?
¿Cómo podemos matizar la noticia, cuando una periodista es violada en forma salvaje y múltiple, por un grupo de soldados paramilitares, que no estaban de acuerdo con los informes que publicó en el antiguo diario El Espectador?
¿Cómo podemos matizar la noticia, cuando tanto la guerrilla comunista, como los paramilitares de derecha, entrenados por algunos soldados corruptos del ejército colombiano, reclutan a niños para la guerra que ellos libran por sus propios intereses, alejados del verdadero sentido que supuestamente los inspiró: ayudar al pueblo?
Cuatro días antes del atentado en Cali, le pregunté a Jorge Briceño, alias el “Mono Jojoy”, el comandante militar de la guerrilla Fuerzas Armadas Revolucionarias Comunistas –FARC- ¿por qué, si ustedes dicen ser el ejército del pueblo, matan al pueblo? Su respuesta fue: “Sí. Nos hemos equivocado, pero no lo volveremos a hacer”... pero lo siguieron haciendo.
¿Cómo podemos matizar una noticia, donde algunos miembros del ejército constitucional del Estado, son investigados, juzgados y condenados por asesinar a sindicalistas, a líderes comunitarios y periodistas?
¿Cómo podemos matizar las noticias cuando en un país mueren decenas de alcaldes y concejales, o tienen que renunciar a su cargo, por plantársele a estos supuestos soldados del pueblo, de uno y otro bando, de izquierda y de derecha?
¿Cómo podemos matizar la noticia de un país que lleva medio siglo de guerra civil, mientras muchos lo niegan, por vergüenza o por beneficio propio? ¿Un país donde mueren violentamente más de 30 mil personas al año? ¿Un país donde la alianza entre narcotraficantes, políticos, guerrilleros y paramilitares, destroza día a día las estructuras familiares, del hogar y viola el respeto a los demás?
¿Cómo podemos matizar la noticia, cuando miles de campesinos son desplazados a las ciudades por el azote de la violencia en el campo?
Irónicamente, en los años de experiencia periodística en Colombia nunca fui demandado, ni tuve solicitudes de rectificación. Perdón, solo una vez: el Procurador General de la Nación Orlando Vásquez Velásquez me llamó por teléfono, para advertirme que la noticia, sobre su vinculación a un proceso por enriquecimiento ilegal del narcotráfico, era falsa y me pidió rectificar, lo cual no alcancé a hacer porque lo tomaron preso a los pocos días por ese delito. Purgó una condena de ocho años y seis meses en una cárcel colombiana.
Hay dos elementos que se conjugaron en mi historia, según mi análisis personal: el primero un estado corrupto y el segundo la complicidad de algunos medios de comunicación.
Les voy a hablar de complicidades:
¿Cuándo un periodista se vuelve cómplice y esto lesiona los derechos fundamentales del ciudadano y de sus propios colegas?
Para mi opinión hay tres motivos por los cuales los periodistas nos podemos volver cómplices:
El primero es una complicidad por ambición, el que recibe dinero o prebendas gubernamentales, como frecuencias de radio, programas de televisión y / o dinero en efectivo, en ayuda del congreso, por ejemplo, camufladas en aportes a fundaciones o instituciones de asistencia social. También el que recibe descaradamente sobornos para cambiar u ocultar la verdad.
El segundo motivo es la complicidad por miedo. Un periodista amenazado prefiere guardar silencio ante el inminente peligro de ser asesinado o que le asesinen a un miembro de su familia... o que un grupo de paramilitares le viole sexualmente (como ocurrió en el caso de la periodista de El Espectador). O simplemente lo hacen por conservar el empleo... por lo que en Colombia llamamos “cuidar la papita”, en referencia a no perder el trabajo.
Y el tercer motivo, igualmente decepcionante, es la complicidad por envidia o rivalidad profesional.
Un famoso periodista colombiano se dedicó por varios meses, a través de su emisora de radio, a preguntarse ¿cuántos dólares se ganaba Raúl Benoit por hablar mal del país? (Por transmitir las noticias que él sesgaba o matizaba de acuerdo a su conveniencia económica o política). Este periodista recibió frecuencias de radio, adjudicación de espacios en la televisión oficial y parte de la financiación de sus medios de comunicación la asumió el propio estado, a través de empresas del gobierno o de grupos financieros que tenían intereses. Irónicamente él es “uno de los periodistas de mayor credibilidad de Colombia”.
Muchos de estos incidentes son el caldo de cultivo para que los derechos fundamentales de un periodista que dice la verdad puedan ser violentados, porque no hay manera de obtener apoyo gremial.
La desintegración de las organizaciones periodísticas, la escasa unión entre los periodistas, permite que esas aberraciones se multipliquen, porque ellos saben que un reportero que no es bien visto por sus colegas o la opinión pública que ha recibido información deformada, por alguna de esas tres complicidades que mencioné, axiomáticamente, es un blanco fácil. Hay que recordar la realidad de ejercer este oficio: a periodista muerto, periodista olvidado, periodista puesto.
A mí, me hubieran tenido que matar, para que me creyeran que el ataque fue cierto. Pero estoy vivo, gracias a Dios y a los ángeles de la guarda que me protegieron. Entonces... eso no vale.
Después del atentado en Cali de febrero de 2001, en una rueda de prensa, que obviamente nunca fue divulgada completa por mis colegas, les advertí a algunos reporteros, que tuvieran cuidado con la complicidad, porque esto le daba elementos a las redes de sicarios, empotradas en ciertos círculos corruptos de las Fuerzas Armadas de Colombia, y a los asesinos pagados por la “oligarquía criminal”, el narcotráfico o la guerrilla, para seguir matando periodistas. (Por favor, no confundamos esta oligarquía criminal, con la burguesía o la oligarquía tradicional. La oligarquía criminal es una pandilla de malhechores, que se han unido conciente o inconscientemente para delinquir, protegidos o haciendo parte del estado. Aunque es cierto que en muchos casos, algunos miembros de la burguesía hacen parte de esa pandilla).
A esos colegas les dije el peligro que corrían ellos, el daño que se le hacía a la libertad de prensa y a la estabilidad democrática colombiana, si permitían tergiversar y deformar la realidad de los hechos, dando como ejemplo el ataque contra mí. Algunos hicieron oídos sordos a mi sugerencia, pero la historia me dio la razón:
En el informe de “Reporteros Sin Fronteras”, titulado “La prensa: objetivo militar”, el primer año de mi exilio (es decir, el 2001), dice que mataron a doce colegas.
En el 2002, la Comisión de Investigaciones de Atentados a Periodistas, denuncia 10 crímenes, incluyendo el de un chofer de un carro de prensa.
En lo que va corrido de 2003, por lo menos cuatro reporteros han caído por las balas asesinas.
Pero voy a examinar otro aspecto. La razón para que sucedan estos crímenes, no es sólo porque hay complicidad e impunidad, sino indiferencia, que no permite romper ese círculo vicioso de despotismo que consiente que el Estado no proteja a sus ciudadanos.
Es tan común ver morir civiles, jueces, sindicalistas, ex guerrilleros, periodistas, como soldados y guerrilleros en la guerra y muy pocos sienten cercanamente el asesinato de un colega, a menos que sea muy amigo. Nosotros mismos no nos protegemos como gremio, nosotros mismos no nos hacemos respetar como lo hacen otras colectividades. Cada uno anda por su camino y que al de al lado ¡qué se lo lleve el diablo! Como dice el dicho popular.
Por muchos años y tal vez este sea uno de los motivos por los que me he alejado de ciertos colegas en mi país, he propuesto que los periodistas rompamos el cordón umbilical que nos une con los entes del poder. Ser tan cercanos al poder no nos permite demandarles justicia y protección. No nos permite ser independientes. Uno no puede aceptar cargos diplomáticos, ministerios, ni ocupar cargos burocráticos del estado para después fiscalizar o cuestionar al gobierno que le dio el puesto. Tampoco debemos aceptar prebendas, almuerzos y regalitos navideños. La independencia e imparcialidad periodística debe tener oposición con esas prácticas.
Conozco que es muy difícil para muchos porque trabajan y sobreviven con los pequeñísimos sueldos de la prensa. Por otro lado algunos medios de comunicación pertenecen a corporaciones poderosas que tienen sus propios intereses financieros. Estos grupos han financiado las campañas para presidentes o para congreso, obviamente con sus propias intenciones, como recibir rebajas en los impuestos. Son dueños, además, de revistas, periódicos, canales de televisión y cadenas de radio.
El narcoescándalo, que tanto conmocionó a mi país de 1994 a 2000, explotó porque se descubrió que los jefes del cartel habían financiado las campañas para recibir beneficios (no ser juzgados con la fuerza de la ley... casi buscaban un perdón por sus delitos) pero, entre los unos y los otros, es decir, entre los pulpos económicos y los carteles de la droga, no hubo diferencia, porque había el mismo propósito inmoral: aspiraban a recibir los beneficios del amigo presidente y los amigos congresistas.
Los periodistas tenemos que hacer una reflexión moral y ética, sobre cuál es el compromiso con la sociedad, a la que debemos servir, informando honestamente, sin matizar, creo yo. Empuñando la bandera de la verdad.
Tenemos que combatir la autocensura, obligada porque en medio del desorden y el menosprecio por los derechos fundamentales, los periodistas prefieren callar a tener que asumir el miedo y la amenaza que lanzan los verdugos. Pero también por la conveniencia personal, las rencillas que mencioné y la corrupción.
Por igual, nos corresponde emprender el camino hacia la unión del gremio y la protección de nosotros mismos para no permitir que esos entes de poder violen nuestros derechos fundamentales, que no son más, ni menos, que los derechos de cualquier ser humano, del ciudadano común. Porque una cámara de televisión o un micrófono no nos hace superiores.
Si vamos a pedir respeto por nuestros derechos fundamentales, tenemos que asumir nuestro compromiso con la sociedad, que hoy nos reclama noticias veraces, pero también, noticias que no ofendan y lastimen a inocentes. Algunas veces los periodistas nos convertimos en jueces y fiscales, juzgamos en la picota pública, sin dejar avanzar el debido proceso y pocas veces cumplimos con la obligación de rectificar. Nos creemos más que los demás y con el derecho de avivar fuegos, de atropellar sin consideraciones, de exigir una entrevista a un personaje como si la pluma, el micrófono o la cámara nos dieran un superpoder. Solo somos, sencillamente, la conexión entre la opinión pública y la historia.
Derechos fundamentales, sí. Pero debemos “ejercer el periodismo, respetando a los demás por encima de todo y de todos”.
RAÚL BENOIT Periodista exclusivo de la Cadena Univision.
|